YO ESTUVE EN EL ISBILYA

ENTREVISTA A ELENA FERNÁNDEZ NARANJO, PREMIO EXTRAORDINARO DE BACHILLERATO DE ANDALUCÍA, CURSO 2015-16.

POR EMMA MANZANERA SOLANA. 4º DE ESO.


– Buenos días Elena, es un placer poder contactar contigo, como antigua alumna del centro que ha conseguido, digamos, la mayor relevancia académica del pasado curso 2015-2016, y poder así cambiar impresiones. ¿Cómo ha influido ganar el premio extraordinario de bachillerato en tu vida como estudiante?
¡Fue una experiencia muy gratificante! Realmente no tenía grandes esperanzas de conseguirlo, pero me gustan los desafíos, superarme a mí misma y, sobre todo, llevarlo todo bajo control. Decidí apuntarme porque pensé que podría. Solo fuimos tres quienes lo intentamos, de entre tantas personas aptas.
La verdad es que, al terminar selectividad, no tenía ganas de ponerme a estudiar, y, de hecho, solo el día anterior fue cuando me puse a repasar algo. Lo bueno es que yo había escogido historia en selectividad, así que la tenía bien controlada. Solo tuve que mirarme filosofía el domingo anterior y ponerle muchas ganas. Fui a probar suerte, eso sí, durante los exámenes di todo lo que podía. Todo puede ayudar, no solo el conocimiento que tengamos del temario en sí, sino saber redactarlo bien, que no se note que no te acuerdas de algo (una fecha, un nombre, etc.). También es útil usar la lógica y la pragmática, pero, ante todo, no tener nervios y confiar en uno mismo. No hay que sentirse presionado.
Los exámenes fueron fáciles, el instituto nos prepara muy bien si aprovechamos todo lo que nos ofrece. El examen de historia eliminó a más de la mitad de los participantes, tocó el reinado de Carlos III, el motín de Esquilache y los decretos de nueva planta, si mal no recuerdo. Lo gracioso fue que ese había sido el primer tema que dimos en el instituto y, calculando las posibilidades de que tocase, no me lo repasé para selectividad (y menos para el premio extraordinario). Por tanto, tuve que tirar de la memoria. ¡Me sorprendí de lo bien que resultó! Es lo bueno de estudiar bien desde el principio, no memorizar, sino reflexionar y comprender. Desde ese momento aprendí a confiar más en mis capacidades.
Por lo demás, supongo que en la universidad tendrán mi ficha y tal vez sepan que conseguí el premio, pero tampoco es algo que yo vaya por ahí comentando. Solo si sale la conversación tal vez lo comenté, pero suelo mantenerlo en la discreción. Al igual que las notas que saqué, o mi nota en selectividad, estoy muy orgullosa por ello, mis padres y hermanos también, pero no es algo de lo que vaya “presumiendo”. Cada uno tiene sus virtudes.

- ¿Te ha resultado duro el cambio de intensidad y exigencia del Instituto a la Universidad? 
¡En absoluto! Prefiero mil veces el método universitario al instituto. Entramos al instituto cuando aún somos niños y debemos adquirir competencias mínimas y desarrollar el intelecto, por tanto, las asignaturas en el instituto están diseñadas especialmente para ello (al menos deberían; cada vez confío menos en el sistema educativo español). Sea como sea, el profesorado del Isbilya está altamente cualificado para hacer que ese proceso se desarrolle de una forma óptima.
La Universidad ya es mundo diferente. Al especializarte en lo que realmente te gusta, puedes profundizar en ello y, gracias a la madurez intelectual conseguida, se comprenden nuevos matices que antes no podríamos captar. Sobre todo en las asignaturas de humanidades, que tratan sobre el ser humano y su manera de percibir y relacionarse con lo que le rodea, hay muchos aspectos que solo se entienden con la experiencia misma o con la introspección y reflexión, sobre todo el relacionar ideas entre sí.
Es cierto que hay de dedicarle su debido tiempo, pero no se hace tedioso si estudias lo que te gusta. Tampoco me siento presionada u obligada a hacer tal y cual, porque sigo el método que creo que mejor resultados me va a dar.
Me gustaría dar algunos consejos para quienes que quieran hacer el doble grado que curso o las carreras de clásicas e hispánicas. En clásicas hay que traducir lo infinito y más y dedicarle todo el tiempo necesario (al principio pueden ser dos horas para hacer catorce versos, pero tras dos meses a lo mejor son treinta y seis versos en una hora) y hay que llevar una buena base o estar dispuesto a conseguirla uno por su cuenta. Eso sí, terminas adorando esas asignaturas, no quiero asustar a nadie, es un esfuerzo necesario. En cuanto a hispánicas, hay que leer y analizar mucho, te acostumbrarás a hacerle la autopsia a cada obra que leas. También es imprescindible la capacidad de abstracción para los aspectos lingüísticos. ¿Os acordáis del temario de lógica, dentro de filosofía? Pues el proceso mental es prácticamente el mismo, una vez le coges el truco va todo sobre ruedas.

- ¿Cómo imaginabas que sería la Universidad antes de entrar?

Esperaba mayor independencia, poder de decisión sobre mis acciones y elecciones, un ambiente agradable, más tiempo para organizarlo como quiera, etc. Todo mejoras. No hay mucha diferencia entre lo que esperaba y la realidad, aunque creí que tendría más tiempo libre. Paso mucho tiempo en la biblioteca porque tres días a la semana tengo clases también por la tarde además de por la mañana, y no me sale a cuenta venir a casa y volver, así que como en el comedor y luego a la biblioteca o, si hace buen día, me voy a leer al “locus amoenus” (es como llamamos a “los jardines” que rodean el edificio del Rectorado).
También, al escoger un doble grado con tan pocas plazas supuse que quienes entrásemos tendríamos los mismos intereses o, al menos, podríamos compartir puntos de vista sobre determinados aspectos. Pero no fue así del todo, somos todos muy diferentes, nuestros métodos de estudios también son diferentes, al igual que nuestra opinión sobre las asignaturas y cómo son impartidas. Hay diferentes tipos: las futuras bohemias, los que no vienen a clase (sí, incluso en un doble grado), los que se esfuerzan, aunque les cuesta, los que viven en su mundo y los que se amoldan mejor cómo está planificado el doble grado.
Por lo demás, la Universidad es genial. Es como un nuevo universo, miles de posibilidades que se abren ante una. Además, los múltiples talleres y charlas que se ofrecen gratuitamente permiten aprender muchísimas cosas interesantes, por no hablar de las bibliotecas y sus miles de libros, vuestro nuevo aliado y mejor amigo durante la carrera.

- ¿Cómo fue tu paso con el Instituto y que recuerdos guardas de él?
Uff…¡tantísimos! Desde los doce años a los diecisiete, teniendo en cuenta que ahora tengo dieciocho, se podría decir que he pasado casi toda mi vida en el instituto, también es de donde más recuerdos tengo. Pasaba seis horas y media diarias allí, tenía a mi grupo de amigos ahí; viví muchas experiencias. No solo obtuve los conocimientos académicos, que también conformaron de una manera u otra cómo soy ahora, sino que aprendí a madurar ahí, de la relación con los demás, de acceder a unas cosas y negarme a otras.
Mi paso por el instituto fue…largo, a veces tedioso. ¡Es normal, son seis años! Diría que solo tengo muy buenos recuerdos, pero también tengo recuerdos malos, ¿a quién voy a engañar? La adolescencia es una etapa muy difícil, tratar con adolescentes es un asunto delicado y si eres uno de ellos; más caótico todavía. Creemos que ya no somos niños, pero no somos adultos (aunque muchos intenten comportarse como tales). Pasamos de ser los mayores del colegio al ser los más pequeños del instituto, donde nadie nos conoce. Miramos a los mayores y nos fascinamos, miramos a los demás y ocurre igual. Queremos encajar. Mejor dicho, ¡tenemos miedo de no hacerlo! Perdemos la autoestima y nos vemos presionados a esconder nuestros pensamientos y deseos para ser como todos los demás aparentan ser.
Es como si fuésemos lanzados a un mar caótico sin saber nadar y las únicas alternativas que tuviéramos fueran acogernos al comodín de fingir que somos lo que se espera que seamos, sacrificando nuestra voz y voto, o aprender a nadar sintiendo el flujo a contracorriente. Por supuesto es mucho más fácil arrimarse a lo que te proporciona una salvación rápida a la constante lucha por no hundirnos. Ocurre desde que el hombre es hombre, es mucho más sencillo crear una ficción que aspirar a la realidad, aunque lo segundo sea mucho más grato que lo primero.
El primer año me tocó en una clase con gente que no conocía, así que me hice amigos pronto (siempre he sido muy extrovertida para eso). Estaba perdida, nadie me conocía allí, cedí en algunas cosas: “no digas <<seño>>, di <<profesora>>”, “no juegues a las palmas”, “en el recreo no se juega tampoco, solo se dan vueltas”.  Ese año estuve muy atontada, recuerdo que me encapriché de un chico (sí, “encapriché”, con 12 años dudo que alguien sepa lo que es el amor) y no hice nada durante ese año. Iba a clase pero en mi casa los únicos libros que tocaba eran los que sacaba de la biblioteca casi a diario.
En segundo la cosa fue a peor, el chico que me gustaba ya me daba un poco igual (lo típico, al pasar el verano te olvidas). Recuerdo que me quedaron siete asignaturas un trimestre y cuatro para verano. Pero ese año fue clave porque dejé un poco de lado la idiotez que me había acompañado desde que había entrado al instituto. Había una chica en mi clase con la que siempre se metían, ella siempre estaba sola sentada en su escritorio dibujando personajes de anime (series japonesas), vestía muy recatada y colores oscuros, quería pasar desapercibida. Se burlaban de ella por eso, “friki” decían, parecía que se divertían haciendo sentir incómoda a una persona a la que le desagradaba el trato con los demás (sobre todo con esos burros) y que estaba en su propia burbuja.
Fue durante segundo cuando fui más consciente de cómo la gente era con ella, me sentía mal por ella. A decir verdad, también la envidiaba un poco porque ella no ocultaba cómo era, ella había elegido nadar a contracorriente. A mí siempre me había gustado el mundo japonés, también veía anime, leía manga (comics japoneses), etc. pero siempre lo había ocultado para que no se metieran conmigo por desconocimiento y prejuicios.
Un día me acerqué a ella en el recreo y le dije “¿te gusta tal?”, me comentó que sí y le dije que a mí también, comenzamos a hablar más sobre ello y nos hicimos muy cercanas. Después de eso conocí a su hermano y con quienes ambos juntaban. Así fue cómo encontré a mi grupo de amigos actual, ahora somos muchísimos, y a todos los fui conociendo gracias a ellos. Por supuesto que tenía mi grupo de amigos en clase, pero con el tiempo me di cuenta de que la mayoría eran más compañeros de clase que verdaderos amigos. De hecho, apenas hablo de vez en cuando con pocos ya.
A partir de ese año comencé a nadar por mí misma, no es como si no lo estuviese intentando antes pero siempre tenía medio brazo apoyado en el salvavidas denominado “encajar”. Ni que decir, las aprobé todas en septiembre, y ¡comencé a subir mis notas de manera exponencial! La verdadera yo había estado vendada, dormida, esperando a que estuviese preparada para su llegada. Aún me quedaría mucho por superar, muchas decisiones que tomar antes de ser quien ahora soy, pero ese momento fue el punto de inflexión.

- ¿Qué es lo que te ha dejado el Instituto como persona?
Como ya comenté, cada experiencia vivida me ayudó a crecer como persona. Sí, la adolescencia es una época horrible, pero hay que saber llevarla lo mejor posible. Me gustaría compartir mi experiencia personal para todos aquellos que puedan sentirse identificados.
Ya comencé a contar un poco mi historia, no mis datos académicos, sino como una persona como otra cualquiera. Muchas veces me sentí despreciada por mis compañeros y mis amigos (no los que tengo ahora), tuve que ocultar parte de cómo yo era para evitar que me insultaran aún más, ya que, sin ni siquiera hacer nada, ya criticaban a uno.
No es como si mi paso por el instituto fuera en camino de rosas. Siempre tuve que aguantar que me insultaran por no ceder ante ciertas cosas: “¡qué paja (tonta) eres!”, “esta es una siesa, que no le gusta ir de fiesta” (hombre, pues ir de botellón con trece años no entra en mis planes, siento defraudarte), “¿qué te ha pasado en el pelo? ¿te has electrocutado?”, “¿por qué vas así vestida a clase?”, “payasa”, “fea”, “tu novio es […], qué pajo”, “usas relleno en el sujetador”, “que te calles, que tú eres tonta”, “qué rara eres”, “¿no llevas 20 euros encima? ¿eres pobre?”. Y los archirrepetidos: “¡empollona!”, “¡pelota!”, “claro, sacar dieces en letras es muy fácil, todo el mundo podría”. Y me abstengo de utilizar expresiones malsonantes.
Aunque pueda parecer lo contrario, esos comentarios no solo venían de los típicos “populares” de la clase, sino también de quienes eran “mis amigos” (mis compañeros, a fin de cuentas). Muchas veces los chicos se burlan de los demás solo para reírse con sus amigos, pero no tienen en cuenta cómo puede afectarle a la persona de la que se mofan. Incluso si aparentan indiferencia o se ríen para encajar con ellos, por dentro pueden estar pasándolo muy mal.
Tuve la suerte de que nunca necesité a nadie para sacarme de los problemas, ni a nadie que me defendiese cuando se metían conmigo. Al principio también me afectaba, obviamente, soy humana, pero con el paso del tiempo y ver lo repetitivo y poco original de sus insultos, comencé a ignorarlos y a no ahogar mi opinión. Al fin y al cabo, perro ladrador; poco mordedor. Insultan sin pensar, es fácil identificarlo: la retahíla es siempre del mismo tipo (depende la generación hay unos insultos u otros de moda), eso significa que ni se paran a pensar por qué nos insultan, hagamos lo que hagamos van a soltar lo mismo. Además de que, todos manejan el mismo “vocabulario” y lo emplean con todos por igual. Conclusión: hablan por hablar; no tienen nada que reprocharnos, solo pretenden hacernos saber que quieren “hacerse los guais” delante de la pandilla. ¡Qué majos!
En definitiva, a estas alturas de mi corta vida me he dado cuenta de que no podemos controlar cómo los demás se van a comportar con nosotros, pero sí cómo nos afecte. No tenemos que intentar cambiar a los demás, puede que funcione con un par de personas, pero ellas no van a ser el único problema se nos presente en la vida. Lo importante es cambiar uno mismo, saber adaptarse a las diferentes circunstancias que enfrentemos e intentar sacar lo mejor de ellas. Al final la vida pone a cada uno en su sitio. Quien mal obra, mal recibe. No porque se lo merezca más que los demás, sino porque tiene que aprender la lección para no volver a comportarse así.

- ¿Cuáles fueron las personas que estuvieron en el instituto que han influido en tu vida?
Supongo que todas las personas con quienes uno haya mantenido cierto contacto influyen en la vida de una manerau otra. Muchas veces me doy cuenta cuando hablo, tomo expresiones que le escuché a mis amigos, hago gestos que algún compañero hacía, etc. Siempre tomamos algo de quienes nos rodean, aunque sea inconscientemente. Estamos compuestos por fragmentos de los momentos que vivimos y las personas que conocimos.
Por ello, no considero que ninguna persona haya influido negativamente en mi vida, en tanto que contribuyó a formar quien que soy ahora.
Eso sí, hubo personas que me marcaron en aquella época más que otras.Mis buenos recuerdos los presiden: mi buena amiga Carmen, con la que quedaba casi a diario después de clase durante los primeros años; mi primer grupo de amigos en el instituto (quienes también me dieron malos momentos); mi queridísima amiga Blanca, gracias a quien conocí a mis buenos amigos, incluido mi amigo Daniel; y por supuesto a todos los profesores que me dieron clase, de lo cual hablaré más adelante.
Entre el elenco de personas que conocí, están “los populares”, pero no uno en concreto, ya que estas personas no destacan por sí sino como masa homogénea. Son fácilmente identificables porque están siempre subiendo mil fotos a Instagram, siempre con mucha gente (la mayoría gente que luego critican a las espaldas). Suelen intentar llamar la atención, van vestidos siempre a la última (“muy pijitos”), pero gritan como verduleros (con perdón por los verduleros). Los que sean buenos estudiantes fingirán pasar de las clases (que, al parecer, está de moda). Todos los findes te los encuentras de botellón, empezaron ¿a los 14?, cada semana traen una lista de aquellas personas con las que han tenido “algo” ese fin de semana. No sé cómo, pero tienen una increíble capacidad para que todo el mundo se entere de “lo genial que es su vida”. La mayoría fuma y cada vez empieza antes (este es un tema verdaderamente preocupante), todo para mantener la imagen de “la vida es dura, pero yo puedo con ella”, etc. Este es el kit de “encajar con los demás”, pueden añadir la extensión de “foto con orejas de perrito” y la de “yendo al gym”.
Fueron los peores, solo recordarlo me despierta sentimientos poco agradables. Lo critican todo, da igual que uno sea su “mejor amigo”, no se salva. Básicamente lo hacen porque es de lo único que pueden hablar con los demás cuando se les acaba la conversación de cosas superfluas que hicieron en la última fiesta. Para los que no sean como ellos puede parecer que son seres que existen, pero no viven, mejor dicho, solo viven de puertas para adentro, donde nadie más puede verlos y no tienen una imagen que mantener.
Por supuesto, eran quienes peor me lo querían hacer pasar, quienes más me criticaban (sin saber lo que dirían a las espaldas). Me sentía totalmente rechazada y despreciada por ellos, a tal punto que comencé a desconfiar de todo tipo de persona que compartiera sus hábitos.
A día de hoy, sé que no todos son así, al menos cuando alcanzan los dieciocho parece que algunos entran en razón. Lo que sí es común a todos es su gran inseguridad, son personas que no saben cómo afrontar los cambios de la adolescencia y los sobrellevan agarrados a un salvavidas. De lo que no se dan cuenta es que con el salvavidas todo el mundo puede nadar, pero no por ello uno aprende a nadar sin él y en la vida no siempre se va a poder depender de los demás.
Es bueno que durante la adolescencia intentemos definir quiénes somos y quienes queremos ser, estando preparados para afrontar por nosotros mismos cualquier situación que se nos presente. Nuestro objetivo en la vida es ser felices, encerrando nuestra forma de ser y teniendo que fingir algo que no somos no es la manera más propia de conseguirlo.

- ¿Quiénes fueron tus profesores más apreciados?
Estoy muy agradecida a todos mis profesores, tanto del colegio como del instituto, de todos he aprendido mucho. Realmente se puede sacar provecho de cualquier cosa, solo hay que tener la voluntad de ver su lado bueno.
No siempre pensé de la misma manera, cuando estaba en mi época tonta también me parecían un fastidio los profesores que me llamaban la atención por hacerme la graciosa en clase. Pero conforme vas madurando y te pones en su situación te das cuenta de que hicieron lo que debían de hacer.
Últimamente se le está perdiendo el respeto a la figura del profesor, poniendo en cuestión su autoridad sobre nosotros. Es algo que me preocupa mucho, si los chicos no son si quiera capaces de tener respeto y agradecer a alguien que está contribuyendo a su desarrollo como persona, ¿dónde vamos a parar? Todo ocurre porque el estudiar se considera a veces un castigo. ¡No es así! Sí, la enseñanza secundaria es obligatoria pero no es porque quieran someternos, sino porque se considera que es la mejor manera de que podamos tener un buen futuro. ¡Antiguamente el poder estudiar era un lujo y ahora lo vemos como un fastidio y lo desdeñamos! Con los profesores ocurre igual, si las clases son nuestra pena; el profesor es el verdugo. ¿No sería mejor considerarlos como alguien que comparte sus conocimientos con nosotros e intenta guiarnos por el buen camino? Luego nos quejamos de que el país no va bien, hay que tener buenos cimientos para construir un techo resistente.
De cada profesor aprendí algo, más allá de lo académico. Como ya me extendí bastante en la introducción, comentaré los principales.
Dña. Elvira Montero Masilla: ¿qué decir de ella? Le estaré eternamente agradecida por todo lo que me ha hecho aprender. Ella me ensañaba francés, es de esas profesoras duras, a las que no le sirven las excusas, pero que valoran muchísimo el ver que nos esforzamos y participábamos. En 3 años que la tuve llegué a tener un nivel de selectividad en 4º de la E.S.O. Tuve la increíble suerte de tenerla como tutora, siempre se interesaba por nuestro progreso en todos los ámbitos y hablaba a solas con nosotros cuando lo veía conveniente o nosotros se lo pedíamos. Con ella hablé cuando estaba en duda entre sí coger letras puras y trabajar en lo que me gustase o hacer ciencias y “tener más oportunidades” (mentira, cada vez hay menos), confiaba mucho en su opinión y no fue para menos. Ella me recomendó que escogiera aquello que me hiciese feliz y aquí estoy, dedicando mi tiempo a lo que me gusta.
En 2º de la E.S.O, cuando no estudiaba, saqué un 2 en un examen con ella. Aún recuerdo sus palabras: “Elena, has sacado un 2, yo no sé lo que piensas hacer si sigues así”. No sé cuando empezaron a ser relevantes para mí esas palabras, pero es algo que me marcó. Desde luego, cuando vio mi progreso, pude notarla llena de orgullo y sincera alegría, esa fue una de las mayores recompensas que mi esfuerzo pudo obtener.
Dña Ana Martinez Jiménez: ¡La teacher! Como primera promoción bilingüe, ella nos dio clase de inglés desde 1º de la E.S.O hasta 2º de bachillerato. No podemos decir que ella nos vio crecer, sino que nos enseñó a crecer. Yo la adoré desde el primer día, ¡es una persona tan entrañable! Podría decir que no solo obtuvimos un nivel cercano al C1 al terminar el instituto, aun si los primeros días teníamos pánico por tener las clases solo en inglés, sino que nos hizo reflexionar, aprender a escuchar las opiniones de los demás y tener una propia. Además de ello, nos formaba moral y éticamente como personas. Siempre miró por nosotros y se preocupó mucho, ¡incluso nos planificó un viaje de fin de curso a Londres! A ella siempre fue muy fácil contarle cómo me sentía o mis pensamientos, incluso mis cotilleos en las múltiples redacciones que nos mandaba.Me consta que el cariño hacia ella es generalizado, ¡toda la clase la tiene en muy alta estima! Es de estas mujeres que es tan tierna y amable que ni siquiera los chulitos se atreven a hacer de las suyas en sus clases. Transmite tanta paz y armonía su sola presencia, no tengo más que buenísimas palabras.
D. Rafael Rodríguez Sánchez: ¡Qué cacho de pan! Hombre más bueno no hay en el mundo. ¡Qué pedazo de profesor y de persona! Soy tan afortunada de poder haber tenido clases con él por unos 3 o 4 años. Me dio ciudadanía, ética y filosofía. Sus clases eran muy entretenidas, siempre nos hacía plantearnos lo que íbamos viendo y participábamos mucho. Lograba ser cercano a nosotros y usar expresiones o ejemplos que pudiéramos entender mejor. Muy didáctico, siempre lo veíamos como Don Quijote de la Mancha por los pasillos, en vez de lanza portaba una pantalla plegable para proyectar algún video explicativo. Siempre tan amigable, tan alegre y sonriente. ¡Solo verlo por los pasillos sonriendo ya nos alegraba el día!
D. Eduardo Bermúdez Cobos: ¡Edu! Es como un segundo padre, de hecho, me regaña más que el primero (en presente porque aún lo hace, y va para largo). Él era mi profesor de latín y griego durante el Bachillerato. No creo que sea posible aprender más de lo que lo hicimos en 2 años, ahora en la carrera con los conocimientos que él nos hizo conseguir me ha sido más que suficiente para poder empezar con una magnífica base sobre la que seguir construyendo. Siempre fue muy cercano con nosotros, sabe cómo llevarse bien con los alumnos y cómo llevarlos para adelante, aun en si estos no tienen disposición alguna. Siempre está disponible, siempre se implica mucho con sus alumnos, más allá de las asignaturas que competen. Es una persona única y para mí es alguien muy importante, alguien con quien sé que siempre podré contar para lo que necesite.

- ¿Qué mensaje les transmites a los alumnos del Instituto, para los que eres un ejemplo a seguir?
Como estudiante eficaz, quiero compartir algunos consejos que tal vez puedan ayudar. Sé que la vida del estudiante parece difícil, los días a veces se hacen monótonos y pesados. A veces no valoramos las asignaturas que estudiamos, pensamos que no tienen ninguna relevancia en nuestra vida, ¡pero no es así! Todo lo que aprendamos, si lo interiorizamos bien, va a ser en nuestro beneficio.
Obviamente, memorizar como un papagayo y resetear la mente después del examen, no sirve para nada. Sí, puede que saques un sobresaliente en el examen, pero ¿te ha aportado algo? ¿has conseguidos algo más que malacostumbrar a tu cerebro? El cerebro se va acostumbrando a las actividades mentales que repetimos, memorizar un párrafo puede venir bien en alguna ocasión, pero en niveles superiores, donde la materia sea mayor, va a ser muy difícil que uno se aprenda el texto con puntos y comas. Personalmente, jamás he memorizado algo sin haberlo interiorizado, es decir, sin entender lo que estoy aprendiendo y ser capaz de explicarlo.
Cuando estoy estudiando me pongo a reflexionar, unir ideas, y, finalmente, me lo explico a mí misma de forma que alguien sin conocimientos previos pudiera entenderlo. ¿Sale bien? Perfecto, ese conocimiento está bien afianzado en la mente y no se olvidará fácilmente, aunque no lo recordemos constantemente, en el momento necesario saldrá.
Si ves que un método de estudio no te funciona, prueba con otro, no te estanques. Depende la asignatura que estudiemos, el método puede variar. Cada uno encuentra el suyo tras los intentos necesarios, puede que no te vaya bien siguiendo el que le sirve a un amigo. Eso sí, siempre cero distracciones. Si estás estudiando y sacas el móvil cada 10 o 20 minutos, algo va mal.
Sigue el ejemplo de la ranita. Creo que ya todos conocemos el cuento, pero lo resumo: Había muchas ranas en una carrera hasta la cima de una montaña, una de ellas era sorda. Al empezar, todas las ranas empezaron con brío, pero fueron desanimándose al escuchar los comentarios de las demás ranas que les decían que no podrían. Una a una fue rindiéndose hasta que la ranita sorda ganó porque no había escuchado lo que dijeron las demás.
Es decir, no te dejes llevar por lo que hagan o digan los demás. Es imprescindible y es la clave para el éxito. Muchas veces pasa que escuchas cómo la gente dice que un profesor pone notas bajas, que algo es muy difícil o que es imposible, y eso ya nos condiciona negativamente incluso antes de haber vivido la experiencia. Además, es muy típico en épocas de exámenes que unos comenten que llevan ya mucho estudiado, que si tal parte ocupa mucho tiempo, que si es para morirse, etc. ¡No hagas caso de eso! Cada uno tiene una manera de proceder, cada uno necesita un tiempo diferente, etc. Cada persona es un mundo y la manera en que su cerebro asimila la información es igual. Lo fundamental es que uno sea capaz de conocerse a sí mismo lo suficientemente bien como para saber qué tiempo necesita, qué método seguir, etc.
Prepárate la asignatura no para un 5, sino para un 20. Pero no pienses en ello como un suplicio, sino como algo que te va a permitir aprender muchísimo más y mejor. Por cierto, ni qué decir, si tienes alguna duda, nunca te cortes a preguntar en clase, son los profesores los mejores para ayudarte. No te avergüences por lo que pensarán los demás, los conocimientos perduran, mientras que la opinión de los demás en algún momento dejará de importarte.
Por último, una vez te conozcas a ti mismo, sé positivo y confía en ti. No vayas con miedo a ningún examen o a alguna presentación, los nervios no harán más que empeorarlo todo.


- Y por último ¿A qué profesores les mandarías algún saludo?
¡A todos!