SOBRE SEVILLA

SEMANA SANTA EN SEVILLA

POR MARINA RAMÍREZ ALEJANDRE. 1º DE BACHILLERATO.


            La Semana Santa en nuestra ciudad es el momento en que la Sevilla cristiana sale a la calle a profesar su fe con la pasión contenida durante un año y con el sentimiento a flor de piel. Siete días llenos de cera, túnicas y capirotes que el sevillano espera con gran anhelo y con los que llega la gloria a la capital.

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            En esta semana, Sevilla muestra sus dos caras: una jovial, de palmas, piropos y vítores y otra, lúgubre, mortecina y de silencio. Las dos se complementan y cada cual impresiona a su manera.

            Desde pequeña me he criado siendo partícipe de esta gran semana, pero no ha sido hasta ser más mayor, que he entendido lo que implicaba. Ahora más que nunca siento esos nervios cuando se acerca el gran domingo y como cuando era una niña, la ilusión que suponía ver al primer cofrade, ya no con la intención de pedir caramelos sino con el pensamiento de que algo grande se acercaba.

            Puedo decir que hay pocas cosas que me emocionen, pero en esta gran semana acontecen instantes que te marcan para siempre. Quién no se ha emocionado al despedirse de la procesión de su barrio, cuando las puertas de la iglesia se cierran para no abrirse igual hasta pasada lo que parece una eternidad, al ver a los más inocentes con la ilusión por salir de nazarenos o al acompañar a Dios mismo cuando se pasea por las calles como uno más. A mí, en Semana Santa me conmueve hasta el olor a azahar.


            Incluso escribiendo ahora rememoro momentos vividos en esta pasada semana y no puedo evitar sentir ya nostalgia y tristeza porque cuando paseo por el centro de Sevilla ya no hay el bullicio de hace apenas siete días; los restos de cera se van borrando del asfalto; los palios ya están desmontados y ya no se ven nazarenos camino de sus iglesias. Sin embargo, es bonito pasar por las distintas calles y recordar cada una de las vivencias cofrades vividas en ellas.

            Pero sin duda alguna, todo sevillano que haya vivido el salir de nazareno sabe que no hay nada igual, que no hay cosa que pueda compararse al entusiasmo y a los inquietantes sentimientos que te recorren el cuerpo horas antes, cuando uno se pone la túnica, porque desde ese momento, empiezas a formar parte de Sevilla y su tradición. Para mí, siendo y sintiéndome sevillana como soy, no hay nada más grande que eso.

            Ahora que todo ese cúmulo de sentimientos ha pasado, no puedo evitar seguir soñando con el sonido de las bambalinas, la voz de un capataz, el quejido de los costaleros y alguna que otra marcha que resuena con insistencia en mi cabeza. Ahora miro a la Giralda y espero deseosa volver a  verla brillar iluminando el camino de Cristo por las calles de mi querida Sevilla.

            Puede que escriba desde la ceguera de alguien enamorada de su ciudad, pero lo siento así y afirmo sin reparo que no hay lugar como Sevilla en Semana Santa.